miércoles, 8 de agosto de 2018

Bésame



Dos ranas en la panza de una serpiente hablaban sobre su destino.
-Bésame. 
-Que me dejes. No pienso besar a un sapo de charca. ¿Pero tú te has visto?, yo soy gigante ágil, estilizada y saltarina y tú eres muy pequeño y gordo: un nido de verrugas incapaz de saltar tan alto como yo. 
-¡No seas tonta! Si me besas me convertiré en el más gallardo de los príncipes y te sacaré de aquí.
-¡Sí, claro! A mí no me vengas con cuentos, batracio asqueroso. Además, aquí dentro soy feliz. No vivo a la intemperie debajo de una piedra ni huele a fango. Y para alimentarme no he de ir a la caza de bichos inmundos, ¡pero si aquí me sobra la buena comida!
-¡Serás necia! Aquí dentro la única comida que hay somos tú y yo. Bésame y escapemos, no seas estrecha.
-¡Que me dejes!, ¡todos los sapos pensáis en lo mismo!
-Que no, ranita linda. Yo soy diferente. Bésame y verás como me transformo en príncipe y te llevo lejos de aquí.
-¡Pero qué pesado eres, sapo enano! Ya te he dicho que aquí estoy mejor que en la charca y que no me falta de nada.
-Eso te pasa porque tienes el síndrome ese del poblado vikingo. Estás demasiado tiempo en la barriga de esta boa y las sombras de esta caverna te ciegan con la idea de que no hay nada mejor ahí fuera.
La rana estaba hambrienta y harta de la cháchara del sapo, aunque sonreía por dentro porque ya sabía cómo iba a acabar la historia. 
-Mmm, bueno, vale. - croó la aburrida rana - Pero ponte de espaldas que soy muy tímida y me da vergüenza que me veas colorada.
Entonces, cuando el confiado sapo se giró, la rana dio un brinco y se lo zampó.
- Idiota - sonrió mientras se relamía y se tumbaba sobre una hermosa hoja de loto a esperar al siguiente incauto- . Todos los sapos que me pilla esta bicha son iguales.